BEYOND THE FRAME: FOSBURY
Hay momentos en los que avanzar exige dejar de insistir sobre lo conocido. De esa reflexión nace el Paralelo Fosbury, el concepto desarrollado para Faraday, la neo agencia de medios de Schrödinger Group, tomando como punto de partida uno de los grandes momentos de ruptura de la historia del deporte.
En los Juegos Olímpicos de México de 1968, Dick Fosbury llegó al mismo listón que el resto de atletas, pero decidió enfrentarse a él de otra manera. Frente a unas técnicas establecidas y a un límite cada vez más difícil de superar desde la fuerza, cambió la lógica del movimiento y convirtió el salto de espaldas en una nueva forma de entender la disciplina. Cuando sus competidores empezaron a encontrar limitaciones en sus piernas, Fosbury empezó a saltar con el cerebro.
La idea que se buscaba era la de recuperar una actitud, cuestionar el método cuando el propio método empieza a determinar hasta dónde puedes llegar. Una forma de pensar que conectaba con Faraday y con su voluntad de abrir nuevas posibilidades para competir en medios a través del rigor, los datos y la tecnología.
Antes del salto
Para que la ruptura tuviera peso, primero había que construir aquello que Fosbury iba a romper. El vídeo comienza estableciendo las reglas de la competición: atletas, intentos, esfuerzo y un listón que continúa elevándose. El espectador entra en una dinámica reconocible y percibe cómo aumenta la dificultad antes de que aparezca una alternativa.
La entrada de Fosbury modifica progresivamente ese lenguaje. La atención deja de estar únicamente en la competición y se acerca a su preparación, su concentración y su cuerpo. El salto no debía sentirse como una acción aislada, sino como la consecuencia de todo lo anterior. Por eso el vídeo crece hacia ese momento y concentra en unos segundos una idea que no necesitaba ser explicada de forma explícita.
Detrás de esa construcción hubo una investigación extensa de archivos fotográficos y audiovisuales reales de los JJ.OO de México '68. El análisis incluía tanto el contexto de la competición como al propio Fosbury, sus gestos antes de cada intento, su comportamiento, la carrera de aproximación y, especialmente, la mecánica del salto. La curva hacia el listón, la rotación del cuerpo, el paso de la espalda y la cadera y la salida final de las piernas se estudiaron como partes de una misma secuencia.
No se buscó simplemente que un atleta saltara de espaldas. Tenía que existir algo reconocible del movimiento original de Fosbury.
Reconstruir los JJ.OO de México ‘68
La fidelidad al gesto debía extenderse a todo lo que lo rodeaba. Los JJ.OO de México 1968 tenían que sentirse como tal. El estadio, las pistas, las gradas, las equipaciones, el público y la atmósfera se construyeron bajo una misma lógica visual, buscando recuperar el carácter de aquellos Juegos sin convertir la pieza en una recreación documental.
Su identidad ofrecía un territorio especialmente potente. El uso expresivo del color, la gráfica, la arquitectura y una imagen más densa y menos pulida que la digital contemporánea definieron buena parte de la dirección de arte. Rojos, azules, verdes, blancos y tonalidades cálidas conviven con texturas y contrastes que remiten a la memoria fotográfica y televisiva de finales de los sesenta.
El objetivo no era colocar un filtro retro sobre imágenes actuales. El color, la gráfica y la arquitectura conviven con una imagen densa, cálida y deliberadamente imperfecta, inspirada en la memoria fotográfica y televisiva de finales de los sesenta. Más que aplicar un filtro retro, Faraday reconstruye la época desde dentro para crear un universo visual coherente, natural y reconocible.
Recreación estadio JJ.OO México '68
El ritmo de la ruptura
La tensión también debía construirse fuera de la imagen. La música acompaña la elevación progresiva del listón y convierte la competición en un crescendo que desemboca en Fosbury. La elección de una orquesta alejaba el vídeo del tratamiento deportivo convencional y permitía ampliar emocionalmente el momento.
Su presencia comienza de forma contenida y gana dimensión con cada intento hasta terminar integrándose en el propio universo visual del vídeo. No funciona únicamente como banda sonora, forma parte de la puesta en escena. Montaje, música e imagen crecen sobre la misma curva para hacer que unos centímetros de diferencia adquieran una escala mucho mayor.
Ese contraste era importante. Toda una construcción visual y sonora termina resolviéndose con un movimiento extraordinariamente sencillo: un atleta inicia la carrera, gira el cuerpo y pasa por encima del listón de una forma que los demás no estaban utilizando.
La coherencia detrás de cada plano
El vídeo fue realizado íntegramente mediante inteligencia artificial, pero la tecnología nunca fue el centro de la idea. Su función permitió reconstruir un acontecimiento, una época y una escala de producción determinadas. El verdadero reto apareció al intentar hacer que todos esos elementos confluyeran dentro de un mismo universo.
La generación de una buena imagen no garantizaba la siguiente. Había que mantener la identidad de Fosbury, el estadio, la dirección de la luz, el tratamiento cromático y la continuidad de una acción física especialmente precisa. Y no bastaba con que Fosbury se pareciera a Fosbury: tenía que comportarse y moverse como él.
El salto concentró buena parte de esa dificultad. La espectacularidad no servía si la mecánica perdía credibilidad. El movimiento debía respetar la lógica estudiada previamente y mantener su continuidad de un plano al siguiente, al igual que ocurría con el resto del universo visual.
Trabajar el vídeo como un sistema y no como una sucesión de generaciones permitió sostener esa coherencia. Dirección de arte, movimiento, color, montaje y sonido actuaron como capas de control sobre el resultado. La tecnología ampliaba las posibilidades; la selección, la corrección y la dirección determinaban cuáles podían formar parte del vídeo.
Un detalle casi invisible
Durante la investigación apareció un detalle especialmente interesante, Fosbury competía con zapatillas de diferente color, una azul y otra blanca. No era un recurso creado para la campaña ni una intervención destinada a introducir la identidad de Faraday. Formaba parte de la propia imagen del atleta.
Precisamente por eso funcionaba. La coincidencia encontraba un eco inesperado en el universo visual de Faraday y permitía establecer una conexión sutil entre ambos mundos sin alterar la realidad histórica. Un detalle prácticamente imperceptible para el espectador, pero significativo dentro de la construcción del vídeo.
Es uno de esos elementos que no necesitan reclamar atención para aportar sentido.
Después del listón
En el resultado final, todo converge en un gesto muy sencillo: Fosbury corre, gira el cuerpo, salta de espaldas y supera el listón. El Paralelo Fosbury encuentra ahí su sentido para Faraday. Innovación, creatividad, tecnología, esfuerzo y perseverancia no aparecen como una enumeración de valores, sino contenidos en una misma acción: observar un límite desde otra perspectiva y encontrar una manera diferente de superarlo.
El proyecto deja también un aprendizaje que va más allá de la herramienta utilizada para producirlo. Recrear no consiste únicamente en parecerse. Consiste en comprender. Comprender el contexto, el comportamiento, el movimiento y las decisiones visuales que hacen reconocible una época y un personaje. La credibilidad nace de esa suma: de la investigación, del análisis, de la dirección, del color, de la música, del montaje y también de aquellos detalles que probablemente nunca reclamarán la atención del espectador.
Fosbury no necesitó que el listón estuviera más bajo. Necesitó entender el salto de otra manera.
Y esa misma actitud es la que conecta su historia con Faraday: no cambiar el objetivo, sino encontrar una nueva forma de llegar hasta él.
Orquesta
Dick Fosbury
Zapatillas de Fosbury